La costa polaca en autocaravana
La costa polaca en autocaravana
Nadie diría que el norte de Polonia disfruta de un litoral de playas vírgenes de arena blanca a las que se llega atravesando bosques tupidos. Y es que apenas se ha construido al pie de estos arenales, que son una meca de los deportes de vela, especialmente, del kitesurf. Por la costa del mar Báltico se conduce junto a grandes estuarios a cuyas orillas aparecen lo mismo poblados vikingos que grandes ciudades donde se ha conformado la Europa actual. Viajando un poco tierra adentro, podemos descubrir una colección de castillos góticos por las tierras donde Copérnico puso a la Tierra a girar alrededor del sol, y por fin alcanzar la región de los mil lagos.
Entre vikingos y bañistas en la isla de Wolin
Este viaje arranca en la frontera germano-polaca, a orillas de la gigantesca laguna de Szczecin del estuario del río Óder, donde se conforman una serie de islas costeras separadas por un pequeño laberinto de canales y estrechos. La mayor de estas ínsulas es la de Wolin, que toma su nombre de un pueblecito que se ha hecho especialmente famoso por su poblado vikingo, reconstruido sobre un antiguo y estratégico emplazamiento comercial báltico del siglo X para dar a conocer las formas de vida de estas tribus. La visita es particularmente cautivadora cuando, a principios de agosto, tiene lugar un festival al que asisten las mejores asociaciones de recreación histórica de todas partes del mundo, que se instalan en el poblado ataviadas con sus mejores galas y, durante unos días, conviven tal y como se hacía en la época. El punto álgido es una batalla campal de dos ejércitos con armaduras que deja con la boca abierta.
La localidad de Wolin se encuentra protegida en un punto estratégico del canal Dziwna, que conecta la laguna de Szczecin con el mar. En el otro extremo de la isla, por el lado del Báltico, encontramos el Parque Nacional de Wolin, un ecosistema costero caracterizado por sus pequeños acantilados blancos coronados por bosques tupidos, a cuyos pies encontramos playas vírgenes y kilométricas. El punto de acceso por excelencia a esta reserva sería la glamurosa localidad vacacional de Miedzyzdroje, con su característico muelle, en torno al cual se encuentran algunas de las playas más animadas e icónicas del país. Pero incluso en lugares tan concurridos como este, las playas siguen teniendo apariencia virginal, ya que se respeta con escrúpulo la normativa de no construir a menos de 500 m de la playa, de manera que los paseos marítimos polacos siempre son verdes.



De camino a Triciudad atravesando la tierra de los casubios
Antes de poner rumbo a oriente por tierras de Pomerania, quizá valga la pena acercarse a la también playera Świnoujście o, alejándonos un poco de la costa, a la flamante Szczecin, la séptima ciudad del país, que es un buen exponente de las revitalizaciones urbanísticas modélicas y vanguardistas que ha sufrido el país en las últimas dos décadas; visitarla durante las regatas de grandes veleros que se celebran en agosto es todo un espectáculo. De vuelta a la costa y camino al este, una de las paradas más señaladas sería Kołobrzeg, con un vistoso faro de ladrillo rojo asentado sobre una fortaleza que sirve de mirador, y que queda bellamente iluminado al atardecer; se puede subir a ver su sistema de iluminación tradicional con una lámpara de queroseno, tras subir 108 escalones.
Siguiendo hacia oriente, podemos hacer una parada en la playa de Ustka, una de las mejores del país, que además queda cerca de Dolina Charlotty, cuyo anfiteatro al aire libre acoge conciertos de grandes de leyendas del rock internacional durante los meses de verano. Un poco más adelante, en el Parque Nacional Słowiński, nos topamos con unas inesperadas y enormes dunas de arena blanca que chocan contra bosques húmedos a los que que poco a poco van devorando, y donde se suman a la fiesta humedales de aguas aguas dulces y salobres que atraen a una gran cantidad de aves.
Una vez pasado esta reserva natural, quizá comiences a ver señales de tráfico en dos idiomas bastante parecidos: es indicativo de que entras en Casubia, la región histórica de la última etnia de eslavos occidentales que mantiene su lenguaje propio, si bien ya apenas hay quien lo hable. Sí hay quien cuida, sin embargo, de perpetuar sus tradiciones, como su característica arquitectura con viviendas decoradas con cuadros blancos y negros, o su gastronomía; a orillas de sus abundantes lagos, se cocina el pato de mil maneras, siempre exquisitas. Y así por fin se llega a la famosa Trójmiasto o “Triciudad”, un conglomerado urbano formado por Sopot, la hermana menor, una ciudad-balneario famosa por su muelle y su ocio nocturno; por Gdynia, la hermana mediana, con uno de los grandes puertos de Polonia; y finalmente Gdańsk, una ciudad arrebatadora que ha sido una de las indiscutibles protagonistas del siglo XX en Europa, si bien sus raíces profundizan hasta los orígenes de Polonia.




Gdańsk, la sabrosa perla del Báltico
A finales de 2024, la guía Michelin desembarcó por primera vez en la región de Pomerania, atraída por sus sabores de hoy y de siempre, y premiando a un buen número de restaurantes. No en vano, su gran urbe, Gdańsk, ha sido nombrada la Capital Europea de la Cultura Gastronómica 2025. Pero sobre todo hablamos de uno de los centros neurálgicos donde se ha definido la historia europea. Las proximidades de su puerto tienen el trágico honor de haber sido el primer punto que bombardeó el ejército nazi el 1 de septiembre de 1939, tras lo cual comenzaría el peor conflicto que ha conocido el Viejo Continente. Por eso aquí se encuentra el museo de la Segunda Guerra Mundial más importante y completo que seguramente haya en todo el planeta, con una puesta en escena sencillamente espectacular, además de rigurosa en su contenido. Pero igual que en Gdańsk Europa comenzó a dividirse, también comenzó a reunificarse: desde sus astilleros, el sindicato Solidaridad sentó las bases para derribar el Muro de Berlín, y en recuerdo a su activismo, hoy podemos visitar el vanguardista Centro Europeo de Solidarność, un espacio multifunción con una exposición donde podemos descubrir la historia de la Transición polaca.
La Gdańsk más genuina, sin embargo, es una ciudad hecha de edificios góticos de ladrillo rojo (la basílica de Santa María es uno de los mayores templos medievales del mundo) y de palacios con fachadas manieristas de estilo flamenco. Su calle Długa es una de las más pintorescas y animadas del país, que da paso a la aún más radiante Plaza del Mercado Largo, con su icónica fuente de Neptuno, su singlar Ayuntamiento y su imprescindible Corte de Arturo, sede de una histórica hermandad mercante. A su vez, la plaza da paso al paseo fluvial de la ribera del Motława, donde ya huele a mar e incluso atracan grandes barcos; su pieza más icónica, de hecho, es la puerta de la Grúa, una construcción de mediados del siglo XV que protegía la ciudad a la vez que ayudaba a cargar y descargar las embarcaciones que la abastecían. Desde aquí podemos embarcarnos para descubrir lugares como la península de Hel, con kilómetros de playas vírgenes flanqueadas por bosques, y en cuyo extremo encontramos un pueblecito de pescadores reconvertido en meca del kitesurf, aunque la opción de conducir por esta lengua de tierra también es altamente recomendable.




Por tierras de Copérnico y de los caballeros Teutónicos
La región de Pomerania tiene por vecinas, hacia el este, a la de Varmia y Masuria, caracterizada por sus miles de lagos de origen glaciar, interconectados por centenares de canales que permiten navegar grandes distancias, a veces de maneras tan pintorescas como la que ofrece el canal de Elbląg, con a un sistema único en el mundo en el que las embarcaciones, en lugar de esclusas, se valen de raíles para salvar los desniveles, utilizando, por cierto, solo la fuerza del agua. El canal arranca muy cerca de la ciudad de Elbląg, cuyo centro histórico fue arrasado durante la Segunda Guerra Mundial, y en los últimos años ha recuperado parte de aquella identidad perdida, en un ejemplo soberbio de rehabilitación urbana. En la cercana, encantadora y diminuta Frombork, casi todo gira entorno a su ciudadano más célebre: Nicolás Copérnico, sacerdote y astrónomo polaco que formuló precisamente aquí su teoría heliocéntrica a través del célebre De revolutionibus orbium coelestium.
Viajando hacia oriente, podríamos alcanzar esa mencionada tierra de grandes lagos y canales haciendo una primera parada de rigor en Olsztyn para presentar nuestros respetos a la modesta capital de la región de Varmia y Masuria. Luego podríamos seguir hacia localidades menores como Mikołajki, situada a orillas del lago Śniardwy, el más extenso del país, con 21 km de largo por 13 km de ancho, y apenas 6 m de profundidad media, pero que son más que suficiente para que sea la capital polaca de la vela. Otra localidad interesante sería Giżycko, que además de ofrecer lagos y vela, nos da a conocer piezas del patrimonio bélico tan singulares como la Guarida del Lobo, un complejo de búnkeres nazis donde se ejecutó la famosa operación Valquiria contra Hitler.
Otra manera de conocer esta región es a través de su ruta de los castillos góticos, algunos relacionados también con la figura de Copérnico. Podríamos comenzar de nuevo en Olsztyn, en su castillo del Capítulo de Varmia, para luego poner rumbo norte hacia la fortaleza de Lidzbark Warmiński, que además de ser museo, plantea una estancia evocadora, ya que funciona como hotel, al igual que hacen otros castillos de esta ruta como los de Ryn, Giżycko o Nidzica. Pero para castillos…

Si desde Gdańsk, en lugar de hacia oriente, pusiéramos rumbo sur más o menos en paralelo al curso del río Vístula, en lugar de miles de lagos, nos encontraríamos con una gran red de castillos góticos de la Orden Teutónica. Más grandes o más pequeños, todos responden a un mismo esquema constructivo diseñado con gran ingenio. Aparecen distribuidos generalmente a distancias que serían asequibles a un día a pie, de manera que los caballeros de la Orden siempre pudieran encontrar refugio por la zona. Por encima de todos ellos se erige la majestuosa fortaleza de Malbork, Patrimonio de la Humanidad, considerado el mayor castillo del mundo construido en ladrillo, con un una fantástica colección de arte medieval, además de una soberbia exposición de joyería y artes decorativas fabricadas con el famoso ámbar del Báltico. Hacia el sur, castillos como el de Gniew, Kwidzyn o los restos del de Grudziądz podrían ser una fantástica luz de guía para rematar el viaje alcanzando la bellísima Toruń, o incluso la capital Varsovia.